Escalar el Kilimanjaro, la montaña independiente más alta del mundo
Empezó como una simple idea, un sueño al que aún no me atrevía a llamar objetivo. Pisar la montaña independiente más alta de la Tierra. Respirar el aire fino ahí donde las nubes ya no pasan por encima de mí, sino que me envuelven. No sé en qué momento tomó fuerza la idea, pero lo hizo en silencio.
Quizás sea una temeridad. Quizás sea demasiado tarde. Pero la idea no me abandona: ¿y si simplemente lo hago? Tan solo tengo que reservar el billete, encontrar un viaje que encaje en mi apretada agenda -en la que, por una vez, se alineen horarios de vuelo, días de excursión y presupuesto- y dejar que el destino se encargue el resto.
¿Podré soportar la altitud? ¿Podré dormir en una tienda de campaña? ¿Podrá mi cuerpo soportar todo esto? No lo sé. Pero ése es el atractivo: atreverse a hacer algo sin garantías. Porque es ahora o nunca. Ahora es cuando tengo un cuerpo en el que puedo confiar. No es perfecto, pero es fuerte. Y no sé cuánto tiempo más seguirá siendo así.
Mi sueño me está esperando ahí arriba. La cuestión es, ¿me atreveré a cumplirlo?
Seis meses de preparación
Tengo que prepararme. No solo por la altura, el frío y el desafío, sino para disfrutar realmente de cada paso. Porque sé que cuanto más me prepare ahora, más provecho le sacaré allí arriba. Así que voy a por todas, como suelo hacer.
El programa de formación está sobre la mesa de la cocina. Voy alternando sesiones de fuerza, con el trabajo en cuesta, largas caminatas con mochila y mis carreras habituales. Me he probado las botas, y no unas botas cualquiera, sino las que me llevarán hasta la cima. Calcetines de dedos, bastones, pantalones desmontables. Aquí los detalles sí importan.
La mochila va llena de mancuernas, esperando a ser sustituidas por equipo de verdad. Sí, la mochila. Es nuestro nuevo producto RevolutionRace, todavía en fase de desarrollo. ¿Me la llevo? ¿Es la adecuada, o debería llevar otra?
Ya tengo cita para las vacunas, he comparado los precios de los vuelos y he leído la información sobre los visados. Cada paso práctico se convierte en un silencioso ritual, en parte de un viaje que ya ha empezado dentro de mí. Conforme avanzo en la preparación, mis pensamientos me llevan hacia la montaña. El Kilimanjaro. El nombre suena imponente. Casi demasiado; a veces me da vergüenza decirlo en voz alta. ¿Quién me creo que soy?
Pero algo me tira hacia allí. Algo mucho más profundo que la aventura. Quizás sea el sentirse vivo. Quizás sea la necesidad de demostrarme algo a mí misma.
Pasaremos del calor al hielo. A través de selvas tropicales, por páramos, hasta llegar al silencio de los glaciares. Llevaremos sólo lo imprescindible, pero todo debe ir sobre ruedas. No hay lugar para el descuido. Pienso en este viaje cada día, en cada paso que doy, cada peso que levanto, cada vez que me ato los zapatos.
La montaña ya forma parte de mí.
Ha llegado la hora de salir
Primera parada: Aeropuerto de Arlanda. Conozco a algunos de mis nuevos compañeros de viaje. Algunos, como yo, viajan solos. No nos conocemos, pero hay un murmullo compartido en el aire, un tácito "vamos a hacer esto juntos". Charlamos, nos reímos un poco nerviosos e intentamos imaginar cómo se desarrollará todo.
Después, toca el vuelo nocturno a Addis Abeba: horas y horas en la oscuridad, dormitando a ratos.
Aterrizamos temprano por la mañana, cansados pero entusiasmados. El siguiente vuelo a Arusha parece un salto a otra vida. En cuanto pisamos suelo tanzano, todo se vuelve real. Nos recibe un aire cálido y polvoriento. Nos recogen en autobús y nos da la bienvenida el operador turístico. Hay una breve sesión informativa: normas, instrucciones, directrices. Luego a cenar.
El nerviosismo se apodera de nosotros mientras comprobamos nuestro equipaje. Si se me ha olvidado algo, ya no tengo opción de comprarlo. Se me forma un nudo en el estómago, ¡no encuentro mi sombrero! Sé que lo metí en la mochila.
A las 6:00 h. pesan las mochilas. Cinco kilos como máximo. Y el petate no más de quince. Tengo que empezar a deshacer el equipaje. Me deshago del algunas prendas de ropa. También de algunas barritas energéticas. No me había dado cuenta de lo que pesaban las cosas. Es frustrante: quiero estar bien equipada, pero por otra parte, también he de llevar poco peso.
Nos dividimos en dos grupos, cada uno de unas quince personas. Nuestro guía, Stefan, sabe lo que hace. No le queda otra. Caminamos en grupos separados, pero los descansos y las noches las pasamos juntos, así puede estar pendiente de la salud de todos. Nadie empeora sin que él se dé cuenta.
La tensión aumenta. Mis pensamientos van a mil. ¿Lo conseguiré? ¿Estoy lo suficientemente preparada? ¿Me congelaré? Todo lo que he estado imaginando durante meses de repente es real. Aquí es donde empieza. Para esto me he estado entrenando.
Ya está.
Primer día de ruta
Tan pronto nos registramos en la Puerta de Lemosho, me invade la calma. Algo en mi interior se calla. La selva tropical se cierra a mi alrededor: húmeda, viva, profunda. Los monos juegan en las copas de los árboles. Los pájaros se llaman entre sí en un lenguaje que no necesita traducción.
Aquí somos huéspedes, pequeñas criaturas que se mueven a través de algo mucho más grande. Nuestros pasos se suavizan instintivamente. Caminamos en fila, de manera casi ceremonial. Sin estrés. Sin prisas. Pole, pole-poco a poco. Es más que una palabra, es una forma de ser.
Las rutinas toman forma rápidamente. Cada pausa tiene un propósito: beber, comer, orinar, ajustar las capas. Es importante planificar antes de parar. Cada noche se hace un chequeo de salud: niveles de oxígeno, cuánto hemos bebido, cuántas veces hemos ido al baño. Stefan lo anota todo en su pequeño cuaderno negro. Al principio, nos reímos, un poco avergonzados. Pero después, lo vemos completamente normal. De sentido común, incluso.
El cuerpo es nuestra herramienta más importante. Tenemos que aprender a escucharlo. Es la única forma de alcanzar la cima.
Cuando llegamos al campamento, las tiendas están montadas. La comida se prepara in situ: caliente, sencilla e increíblemente buena. Se instalan tiendas de aseo durante las paradas para comer y pasar la noche. Es lo más lejos que puedes estar de la comodidad, y sin embargo es justo lo que necesitas. Todo está muy bien pensado. Cada cosa tiene su lugar.
Caminamos entre cuatro y diez horas al día. De cinco a diez kilómetros. Pero la distancia y el tiempo no definen lo duro que es. La altura sí. Aclimatación. No puedes precipitarte.
5.896 metros no suenan descabellados sobre el papel -podrías escalarlos en un día-, pero la altura no entiende de lógica. El cuerpo tiene sus maneras de reaccionar. Algunas personas empiezan a encontrarse mal a los pocos días. No hay forma de predecir quién.
Me pregunto: ¿me pasará a mí también? ¿Me habré entrenado para nada si mi cuerpo decide protestar?
¿Se puede mentir? ¿Decir que estás bien cuando en realidad no lo estás? ¿Y qué tan peligroso sería realmente? ¿Cómo distingues entre los nervios y el peligro real?
Quiero llegar a la cumbre, desesperadamente. Pero también sé que lo único que puedo hacer es seguir las indicaciones. Comer. Beber. Ir al baño siempre que pueda. Si orino, mi cuerpo está funcionando bien. Y siempre: polo, polo.
Estoy rodeada de gente maravillosa, pero me doy cuenta de que no puedo cargar con sus preocupaciones, sólo con las mías. Tengo que asumir mi responsabilidad. Respirar. Beber con frecuencia. Caminar despacio. Cuidado con el sol: no te quites demasiada ropa, no te quemes. Prefiero sudar a congelarme.
En mi mochila llevo todo lo que necesito para el día. El resto -las capas calientes para la noche en la cumbre- va en el petate, transportado por nuestros increíbles porteadores.
Hay todo un equipo -más de cien personas- haciendo posible este viaje. Llevan tiendas, comida, agua, aseos y la basura. Montan y desmontan los campamentos, y nos reciben con canciones y sonrisas. Es un trabajo duro, pero se valora y se paga como es debido. Además, hay algo profundamente humano en todo ello. Formamos parte de algo más grande.
Este no es sólo mi viaje. Es nuestro viaje.
Nos deja sin aliento
Cuando abandonamos la selva tropical y pisamos la meseta de Shira, todo cambia. El mundo se abre y ahí está. La cima. El Kilimanjaro. La montaña de la que hemos hablado, para la que nos hemos entrenado y con la que hemos soñado.
Nos deja sin aliento. Irreal. Poderoso. Hermoso e intimidante a la vez. Un silencio se extiende por el grupo. Todos lo sentimos: ahora es real.
Cuando abandonamos la selva tropical y pisamos la meseta de Shira, todo cambia. El mundo se abre y ahí está. La cima. El Kilimanjaro. La montaña de la que hemos hablado, para la que nos hemos entrenado y con la que hemos soñado.
Nos deja sin aliento. Irreal. Poderoso. Hermoso e intimidante a la vez. Un silencio se extiende por el grupo. Todos lo sentimos: ahora es real.
Seguimos el sendero hacia el norte de la montaña, con amplias vistas de la sabana keniana. Las puestas de sol parecen un cielo en llamas. Pero son los amaneceres los que más impresionan: una luz suave se desliza por el paisaje, pintando las rocas de rosa y oro. Parece irreal.
Cuanto más subimos, más cambia el paisaje. La vegetación se vuele más baja y escasa. El suelo se vuelve estéril. Los colores van del marrón rojizo al gris y casi al negro. Y hace frío. Mucho frío. Por la mañana, la tienda amanece cubierta de escarcha. El aire que respiras se vuelve punzante.
Mi compañera de tienda, Penny, se convierte en uno de los grandes recuerdos del viaje. Congeniamos al instante: igual de caóticas con el equipaje, el mismo sentido de humor. Por las mañanas, sentadas en la tienda, hablamos animadamente, nos damos cuenta de que nadie nos escucha y estallamos en carcajadas. Risas de verdad, de las que te hacen olvidar que tienes frío. Ella hace que todo sea más fácil. Más cálido.
Conforme pasan los días y a cada paso que damos, nos vamos conociendo mejor. Por las tardes, nos sentamos en la carpa de la comida y hablamos de estar aquí, de la vida en casa, de las elecciones que hacemos y de lo que realmente importa.
Pasamos la línea de árboles. Luego las nubes. Parece surrealista y completamente real al mismo tiempo. Es la sencillez lo que lo hace especial: compartir el agua, llevar tu vida a cuestas, vivir el momento, el aquí y el ahora.
En un momento dado, parte del grupo tiene que volver para buscar agua. Es entonces cuando me doy cuenta: aquí el agua no es sólo agua. Es oro.
Los días se confunden, al ritmo de nuestros pasos. Hablamos menos. Caminamos más tiempo en silencio. Los pensamientos van y vienen, luego se callan. Y de pronto, es el día previo a ese día. Mañana por la noche, intentaremos hacer cumbre.
Ahora tenemos que escuchar con atención. Todo tiene que ir sobre ruedas. Llegamos al campamento con frío, risueños y nerviosos. El viento azota la tienda, parece que vaya a despegar.
La cena es temprano, a las 5:30 p.m. Después, hay que preparar la mochila para la cumbre. Y a dormir. Nos volvemos a despertar a las 23:00 para desayunar. Es tan ilógico que el cerebro casi se niega a procesarlo. Las instrucciones se suceden sin parar: ¿paramos cada 20 minutos? ¿Un sombrero o dos? ¿La frontal en la chaqueta o en la mochila?
Stefan comprueba la ropa de cada uno de nosotros. Su mensaje es claro: capa sobre capa, con cremalleras. Fácil regulación de la temperatura. No hay que detenerse a rebuscar en la mochila: eso gasta energía. Y la ropa pesa más en la mochila que en el cuerpo.
Me río de mí misma, ahí de pie, con siete capas. No quiero congelarme. Aunque apenas puedo moverme. Nos decidimos por cuatro capas. Tendrá que ser suficiente.
Aquí es donde estamos ahora. La próxima vez que desmontemos la tienda será después de haber intentado alcanzar el Pico Uhuru, a 5.896 metros sobre el nivel del mar.
Hemos entrenado. Nos hemos preparado. Nos hemos reído. Nos hemos congelado.
Ahora es el momento.
Intentar hacer cumbre
A medianoche, empezamos a caminar. Más despacio que nunca. Cada paso parece sagrado. Cada respiración es una victoria. La noche es pura quietud: tan sólo la gravilla bajo las botas, el aliento en la oscuridad y las frontales formando una estela luminosa hacia la cima.
Tenemos suerte con el tiempo. La lluvia o la nieve habrían hecho imposible la ascensión a Gilman's Point. Es aterrador lo frágil que es todo.
En un momento dado, alguien entra en pánico: necesita orinar, pero el sendero es estrecho y está expuesto. La situación se agrava, pero Stefan interviene con calma y la resuelve al instante. El pánico se desvanece. Su presencia lo es todo.
Horas después, oímos cantar. Nuestros porteadores. Las mismas canciones que nos han llevado hasta el final. Y entonces, detrás de una roca cuyo nombre no recuerdo, sale el sol. La luz estalla a través del paisaje. Oro por todas partes.
Estamos cerca. Muy cerca.
En Gilman's Point, parece irreal. Nos dan té de jengibre caliente: lo mejor que he probado nunca. Pero no podemos demorarnos. Algunas personas tienen problemas con la altura.
Tras un breve descanso, nos dirigimos hacia Stella Point. Unos pocos se vuelven. El cuerpo habla, y hay que escucharlo.
El resto continuamos hacia el Pico Uhuru. Paso a paso. Se hace el silencio. Y entonces, de repente, aparece la señal en la pálida luz de la mañana.
¿Ya estamos aquí?
¿De verdad lo hemos conseguido?
Hacemos fotos. Nos abrazamos. Lloramos. Las nubes ocultan la mayor parte de Tanzania, pero no importa. Estamos en el techo de África.
A 5.896 metros.
El descenso
Nada me preparó para el agotamiento. Golpea al instante. Quiero dormir, pero tenemos que seguir avanzando. La gravilla resbala bajo los pies. Cada paso es importante.
Hoy son 16,5 kilómetros. Más de 20 horas caminando. Cuando por fin llegamos al campamento, no me siento los pies.
El día siguiente caminamos las últimas cinco horas, hasta la Puerta de Mweka. Nuestro cuerpo se mueve en piloto automático. Por primera vez, ambos grupos caminan juntos. De repente, hablo sin parar. Me siento fuerte. Sólo quiero bajar, acabar con el dolor de pies y beberme por fin esa merecida cerveza del Kilimanjaro.
La aventura termina con la cena. Todo el mundo se reúne: porteadores, guías, excursionistas. Los porteadores reciben su paga y las propinas, debidamente vestidos para la ocasión. Este viaje nos ha cambiado la vida. Para ellos, es trabajo. Y, sin embargo, el orgullo es inconfundible. El respeto es mutuo.
Tengo por delante unos días de safari antes de volar a casa. Pero lo que realmente quiero es hacer una pausa. Respirar. Ponerme al día conmigo misma.
Esto ha sido algo especial.
Algo mágico. Potente. Increíblemente real.
Tengo fotos, muchas fotos. Pero también me llevo algo más. Una certeza apacible. Orgullo.
Lo he conseguido. Nosotras lo hemos conseguido.
Hogar, gratitud y lecciones aprendidas
Ahora, de vuelta en casa, con el cuerpo descansado, pero con el alma todavía en algún lugar de la montaña, vuelvo a sentirlo: un anhelo. Una curiosidad. ¿Y ahora qué?
No quedan demasiados picos para alguien como yo: una aficionada, pero tenaz. Quiero llegar más arriba. Aunque sin ser imprudentemente. Quiero retos, no riesgos.
Resumen del viaje
Mi expedición al Kilimanjaro fue una travesía de ocho días, de la mano de Swett. Recomiendo encarecidamente el viaje: está bien planificado y la gestión es impecable. Los vuelos deben reservarse por separado. El viaje cuesta unas 45.000 coronas suecas, más unas 11.000 coronas para los vuelos.
Puede parecer caro, pero sinceramente... Cambiaría muchas vacaciones en la playa por una experiencia como ésta.
Lecciones aprendidas
No me arrepiento de nada: ni de la fatiga, ni del sudor, ni siquiera de las lágrimas. Aunque la próxima vez, me llevo más pilas. Tirar de la linterna del móvil noche tras noche funcionó, pero solo justo.
¿Y chocolatinas? Con tanta altura, se congelan. Si hubiera hecho una prueba en el congelador de casa, lo habría sabido. La próxima vez: nueces y pasas.
Un capítulo más en la historia de un equipaje imperfecto pero perfecto.
Seguiré sintiendo curiosidad. Seguiré siendo valiente. Seguiré viajando, incluso sola. Atrévete a soñar y a hacer realidad esos sueños.
Porque los recuerdos para toda la vida no se forjan en los momentos fáciles. Nacen cuando te atreves. Cuando te enfrentes a algo que te parezca demasiado grande, demasiado alto, demasiado incierto, ¡hazlo!
En eso consiste la vida.






















